24/04/2011

Lecciones de vida y muerte con preguntas sin responder.

Es tan extraña la sensación de poder detener el tiempo y convertir un pequeño viaje de dos horas en autobús, en toda una experiencia que estimula los sentidos y te lleva por senderos de los que nunca antes había sido tan consciente.

Pronto hará un año del momento más difícil y trágico de mi vida. Un momento tan inesperado y repentino como desolador y violento.

La llamada más difícil. El viaje más largo. El abrazo más desconsolador.

En el tanatorio los sentimientos más encontrados. Cientos de personas expresando su amor incondicional por mi, por mi familia y por él, que se fue sin despedirse.

Estaban todos y todas aquel día, no faltaba nadie. Ni los que estaban, más sentidos que en cualquier otro momento. Ni los que no pudieron asistir, que estaban más cerca que nunca. Ni los que ya no existían, que con su fuerza y su memoria nos mostraban el camino que con su desaparición nos revelaron.

El mismo instante me proporcionaba la escena más horrible y la más cálida de mi campante existencia.

En el autobús un bebito de hambriento llanto me devuelve a la realidad. Sus ansias de mamar me recuerdan el instinto natural del ser humano por sobrevivir, por aferrarnos a la vida hasta llevar hasta las últimas consecuencias nuestro deseo de permanecer.

Sin embargo no somos conscientes de que la vida no puede existir sin la muerte y que no podemos más que agradecer las lecciones que de la muerte se aprenden. Desde pequeños nos la ocultaron y, por el dolor que producía, a menudo incomprensible para los renacuajos, nos “evitaban” sentir de cerca un aspecto más de la vida que no deja de ser necesario para una comprensión plena y un desarrollo maduro de la persona.

Hoy más que nunca siento que la futilidad de la vida me enseña sobre cómo debo vivir, sin corsés ni estereotipos, sin nudos ni miedos… Siento más que nunca que debo seguir a mi corazón por encima de la razón, cuando ésta me arrastra por el callejón sin salida de la comodidad, del desánimo y de la vulgaridad.

Tempus fugit, carpe diem.

Un pitido, un volantazo y el camión que viene de frente, adelantando por nuestro carril, esquiva en el último instante al autocar en el que viajo. Otra vez la vida te da las señales que necesitas para despertar. ¿A qué esperas, Eduardo?

Tempus Fugit, Carpe Diem.

Y me sumerjo de nuevo en la entelequia de mi viaje, imaginando que el camión, que viene de frente, no logra esquivar al autobús en el que viajo.

Nuestros volátiles cuerpos no resisten el tremendo impacto y la sucesión de imágenes se desata. Ambulancias, reanimaciones, hospitales y vuelta a empezar.

La llamada más difícil. El viaje más largo. El abrazo más desconsolador. Pero esta vez el abrazo no será mío, sino por mí.

¿Por qué la gente nunca quiere hablar de su propia muerte?

Me imagino otra vez en el tanatorio, pero esta vez soy yo el que está en la caja, fría y disyuntiva. Deshonrado carruaje para semejante cuerpo. Me aterra pensar en el terrible dolor que de nuevo causaría en la gente que más quiero, acentuado aún más, si cabe. 

Pero sin embargo me resisto. Agarro la película y la lanzo por la ventana del autobús.

¿Por qué tanto dolor, si viví mi vida plenamente?

Aprendí de mis errores aunque los siguiera cometiendo, ¿Acaso no es eso ser Humano? Seguí mi corazón y aprendí a amar como nunca supe. Aprendí a estar orgulloso de mi vida y de mi mismo. ¿Qué más se puede pedir?

No digo que ya esté todo hecho, todo lo contrario pues me queda todo por hacer, pero si mañana tengo que morir, lo haré dando un enorme GRACIAS, por todo lo que he vivido, por toda la gente que he conocido y amado, por todo lo que he sentido, desde la más espantosa hasta la más linda de las emociones.

Así pues, el día que me muera, por favor os pido:

Que brindéis a mi salud (con toda la ironía por favor, pero sin acritud… jijijijijiji) y descojonaros con el recuerdo de las risas que nos echamos juntos.

Cada vez que se rompa una copa, acordaros de mí. Cada vez que alguien se eche un cuesco, arrojad en mi memoria. Si le dais a una cañita, inhalad la esencia de mi ser. Cuando unos pantalones se caigan hasta los tobillos, allí estaré. Si tus hijos salieron un poco desviados, no me eches la culpa. Si llegaste tarde a casa, aún cuando ibas a tomar “sólo una”, dile a tu mujer/marido que la culpa es mía. Meteos entre pecho y espalda un chuletón del 15, café, copazo y puraco a mi salud, (o a la vuestra cabrones, que envidia me vais a dar).

Discutid sobre si es mejor que me incineren, para comparar el peso y ganar la apuesta o si es mejor enterrarme con el culo pafuera y abrir una nueva estación del Bicing.

Pero sobre todo, cuando un/a amigo/a os pida que le hagáis un “favor”, dibujad una sonrisita en vuestra cara y concededle la gracia. El mundo será mucho más feliz y yo también.

No dejéis de llorar de risa cuando recordéis estos momentazos… y tantos otros. Mientras lo hagáis, me mantendréis vivo en vuestros corazones, como yo hago con mis ancestros.

¿Acaso no es eso lo que todos querríamos? Y si todos queremos que nos recuerden así, (bueno si, no exactamente así, ya lo sé) ¿Por qué no recordamos con alegría y agradecimiento a los que se fueron? Y ¿Por qué no somos capaces de dar gracias por la vida que tuvieron y por todo lo que nos regalaron?

¿Por qué nos aferramos a una vida ficticia pensando en cómo sería si siguieran entre nosotros?

PD: Este epistolario no pretende ser instructivo, sino más bien una sátira de la vida, de mi vida y de mi esencia. Así pues, no esperéis a que me muera para pegaros un chuletón a mi salud. Si puede ser, ¡¡¡mejor conmigo perracos!!!

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