05/02/2010
03/02/2010
Un año de Ecuador
Hoy hace un año que llegué a Ecuador. Un año en Ecuador no le deja indiferente a nadie. Ésta es una tierra con duende que transmite esa fuerza por la vida que transforma todo lo que toca, todo lo que es capaz de sobre vivir en Ecuador.
Un país megadiverso a nivel biológico: con el oriente, donde la selva amazónica muestra su enorme autoridad y energía sobre la vida del planeta, con miles de especies endémicas en diferentes zonas y puntos estratégicos donde habitan el mayor número de especies animales y vegetales por metro cuadrado de todo el planeta; en la sierra, con cumbres de nieves perpetuas, donde mora el Cóndor y donde hay todavía algunas bocas enormes que escupen lava a los cuatro vientos; en la costa, con playas paradisíacas donde las ballenas jorobadas escogen su remanso de paz para traer sus crías al mundo; y por si todo esto fuera poco, la guinda del pastel, las Islas Galápagos, donde el tiempo se detuvo en un punto en el que nada es gratuito, todo tiene su valor y su sentido para la vida.
Este país no te lo acabas.
Con 19 nacionalidades distintas además de la población mestiza y la afroecuatoriana, cada una de ellas con sus tradiciones, su lengua y su cosmovisión para entender el mundo, con sus instituciones y sus formas organizativas. Aquí el concepto de interculturalidad y convivencia de civilizaciones toma un cariz especial y significativo que te permite entender otra manera de ver el mundo.
La gente es amable y extrañamente cercana. La lengua y la cultura hispana ayuda en el entendimiento, aunque más ha de ayudarte la predisposición y la apertura a entender y aprender de una cultura que mucho tiene que ver, salvando las distancias y sin juzgar si eso es positivo o negativo, a la España que me contaban mis padres y que vivieron con más pena que gloria.
Hace poco estuve en el sur del país y una compañera de trabajo me contaba sobre el barrio en el que vivía desde que era pequeña, un barrio humilde y degradado en las afueras de una ciudad mediana, construido por sus habitantes con los restos de lo que encuentran en la calle. Contaba como sus padres la obligaron a trasladarse junto a la familia a ese barrio cuando era pequeña y lo mal que llevó esa situación. Los servicios básicos brillaban por su ausencia, tenían que andar 2 kilómetros para conseguir agua, no había luz, ni alcantarillado, ni escuelas, ni centros de salud. Nadie se preocupaba de aquel barrio y era centro de delincuencia y bolsa de pobreza y miseria.
Sin embargo, había algo entre sus gentes que les diferenciaba del resto: fuerza, vitalidad y ganas de seguir adelante. Empezaron a organizarse y con el pequeño apoyo de algunas instituciones empezaron a sentir un punto de esperanza. Con el tiempo han logrado muchos más avances en el barrio que otros barrios de la ciudad y ahora son la sana envidia de la ciudad.
Mientras contaba su historia se me iban erizando los pelos y mi cabeza iba y venía entre Ecuador y esa España de los años 40 y 50 que me contaba mi madre, cuando llegó en tren a Barcelona con 8 años, descalza y con una maleta de cartón tras tres días de viaje en tren desde Murcia.
Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo la fuerza de esa chica. Y aún nos daba las gracias por haber hecho posible la recuperación del barrio… Pero ¡por favor! ¡Nadie más que vosotros habéis hecho posible levantar el barrio!
En este país, tras un añito intenso, he encontrado lo mejor de mí mismo, y mejor aún, he aprendido a valorarlo. Aquí he descubierto mi gran capacidad de adaptación, mucho más grande de la que me pensaba.
También he descubierto que cuando uno está más o menos bien consigo mismo y vive la vida con una mirada positiva y creyendo en la gente, la gente te responde con la misma actitud y se acerca a ti. Una de mis mayores preocupaciones al marchar de Barcelona era la pérdida de mis redes sociales y familiares. En un año de vida en Ecuador he creado una nueva red social que me permite sentirme a gusto y como en casa. Y eso, lo tengo claro, es fruto del carácter.
Lo que siembras, recoges.
A nivel profesional, no puedo pedir más, tengo el respaldo de la mejor institución, con todas sus virtudes y todos sus defectos, pero la mejor posible. Este año en Ecuador me ha dado una dimensión de mi visión de la institución, nunca comprendida hasta ahora. He encontrado a mi lado compañeros y compañeras profesionales que me han ayudado, de una manera u otra, a comprender mejor este mundo y a dejar de lado esa visión idealizada y deformada de la buena persona que va a entregar su vida al servicio de los demás.
Aquí he encontrado profesionales comprometidos que buscan a toda costa el desarrollo humano de una manera sostenible y con respeto a la decisión libre de las personas de vivir la vida a su manera, sin necesidad de cambiar a modelos exportados de occidente.
También los retos y dificultades encontrados me han dado la oportunidad de aprender más en un año, que en muchos más dedicados a otras tareas y a otros ámbitos.
Pero todo ello no es suficiente. Pese a haber vivido el 2009 como uno de los mejores años de toda mi vida en todos los sentidos, todavía queda mucho por hacer a nivel personal y profesional. Quedan muchos retos que afrontar, muchas cosas a mejorar. Me siento con fuerza y con ganas de meterme en el meollo, de luchar por mis metas personales y profesionales, de mejorar mi carácter, de penetrar en lo más hondo del corazón y sacar de ahí adentro toda la fuerza para volcarla en mis propósitos.
El camino no se acaba en la cumbre. Toca buscar otras cumbres, más altas, más difíciles, más escarpadas, para hacerme más fuerte, más hábil, más diestro.
Con más habilidad para responder, es decir con responsabilidad.