14/04/2009

Vitaminas

Es una tarde cualquiera en que el nervio de las montañas aledañas expulsan sobre nuestras cabezas la humedad acumulada convertida en el fatuo líquido y sufragan, hermanadas con el omnipotente sol, este inconmensurable verdor. De nuevo me reencuentro deambulando en busca de un punto de conexión que me transporte al mundo “real” desde donde acceder a cualquier información, cualquier conocimiento, cualquier ilusión, cualquier emoción.

Sin sol en la mitad del mundo me siento, otra vez, falto de vitaminas.

Al otro lado del charco te das cuenta de lo que significa tener cerca a los tuyos, de sentir que puedes estar al lado de los que te suministran, con su cariño y apoyo, las necesarias pero invisibles vitaminas que te ayudan a seguir en la brecha. Tras tanto tiempo usurpando esas etéreas vitaminas me olvidé de su necesario sorbo diario y para cuando caí en su desaparición ya era demasiado tarde. Así que, a la visita de que mi cuerpo y mi razón son escasamente autónomos para producirlas de manera independiente, tuve que ir a la caza desesperada de insulsas vitaminas virtuales.

Atracando pues, con el mono entre mis venas, en el puerto de conexión del primer Cíber que se puso por delante, posé mi orondo trasero sobre la insignificante y aprensiva banqueta que se escondía temerosa bajo la pantalla, ávido de noticias que revitalicen mi vínculo con la poderosa energía.

Pero ésta vez no obtuve las trascendentales vitaminas.

Cuatro e-mails sin chicha, de los que dos eran publicidad, y el resto, una terca y detestable invitación al grupo de “¿que personaje famoso eres?” y un innecesario comentario a una foto de alguien a quién no conozco. Así que con los nervios a “flier de pol“ y los “pelos como escarpias” por la ansiedad in crescendo, multiplico el clic sobre el icono de Skype, partiendo en busca de la saciadora droga de una voz amiga. Una llamada, no contestan, segunda, tampoco, tercera…

¡Pero bueno! ¿Es que no hay nadie? ¡Ahora me dirán que están todos trabajando! ¡Y yo voy y me lo creo! ¡Panda de vagos! –lo que hace la envidia–.

En medio de la desesperada búsqueda de mis ansiadas vitaminas un gimoteo silenciado perturba mi atención tras de mí. Cuando me giro poco a poco para no ser descubierto en mi curiosidad, puedo observar como una chica, que juzgo de mi edad, sostiene su cara con las manos sollozando ante del ordenador.

A través de los auriculares que sostienen su menuda cabeza, pero disimulada por una larga melena de un pelo largo, negro, brillante y sedoso, surge la exclamación rota de un pequeño niño –Mamitaaaaaa!–. Tal es el berrido que puedo entender perfectamente lo que dice.

La mujer tiende sus temblorosos dedos hacia la pantalla donde, a través de una videoconferencia, puede ver a su pequeño sostenido sobre el regazo de un joven que con ilusión saluda con la mano liberada del sostén del pequeñajo. Sus dedos acarician el frío monitor buscando el calor del amor distante. El niño insiste con sus alaridos ante la falta de respuesta provocada por la consternación de su madre.

– ¡Mamitaaaaaa! ¡Felicidaaaades! ¡Te quiero!

Con todo el esfuerzo que refleja su tez canela bañada en lágrimas, la madre responde como puede entre afligidos quejidos.

–¡Gracias amor, te extraño mucho!

Para entonces mis ojos ya acompañan a la madre en el dolor desgarrador de saberse alejado de aquello que más quiere en un momento tan especial. Es su cumpleaños y no está con los suyos.

Es fácil imaginar, aún consciente de la completa ignorancia de la verdad del momento, que es muy probable que el padre haya emigrado a cualquier país, pongamos por ejemplo España, y que haya llevado consigo a su hijo para darle una mejor educación y mayores oportunidades. Es fácil imaginar, aún a riesgo de juzgar precipitadamente, que debido a la dificultad en obtener papeles, la madre se haya visto obligada, por el profundo amor que tiene a su hijo, a renunciar a las vitaminas de su presencia enviando a su hijo a un país extraño.

Sabiéndome ávido de esas vitaminas, ¿cómo no va a sentirse una madre que tiene su vida y su corazón al otro lado del océano? ¿Cuántas noches de desgarrada soledad habrá llorado su ausencia, encarcelada por las míseras fronteras que protegen el bienestar de unos pocos en detrimento de todos? –Incluidos los pocos, aunque no quieran ver más allá de la “protección” de sus transparentes burbujas–.

No soy quién para juzgar las vidas de nadie –máxime cuando yo mismo he disfrutado de la misma “protección”–, ni pretendo situarme al otro lado cuando contribuyo a la existencia de esa burbuja con mi limitado coraje y mi mentecata inteligencia. Cada palo aguanta su vela, sabe lo que tiene y decide, en consecuencia o no, lo que quiere, puede o le dejan.

Si yo, que he tenido la inconmensurable suerte de poder decidir estar aquí (con mis circunstancias, haciendo lo que quiero, puedo o me dejan), feliz de saciar mi apetito de nuevas experiencias, empeñado en seguir luchando por cambiar un poquito de mí, empoderado del saber de buena tinta que cambiando mi interior cambiaré el mundo exterior. Si yo que estando aquí, no dejo de pensar allí… Cuánto más debe estar sufriendo esta joven madre que sólo Dios sabe cuánto tiempo hará que no envuelve con sus tiernos brazos a su añorado hijo.

Cómo deben estar sufriendo incalculable número de madres y padres africanos que ven, obligados por la injusticia de NUESTRO sistema, arriesgar las vidas de sus hijos e hijas por el fútil sueño de la rica Europa, cruzando el Mediterráneo en ataúdes de papel y que aún consiguiendo amarrar las sogas en la ansiada orilla, les aguarda la orfandad y el desamparo, cuando no la muerte, en la “avanzada” Europa.

Y como deben soportar tremendo escenario los que alcanzando la anhelada orilla, sobreviven en nuestras calles con las sobras del bienestar que nosotros, arrebujados de barata moralina, les concedemos en honor de nuestra dignidad humana más que por la suya.

A veces, como ahora, siento que este ya no es mi mundo o a lo peor que ya no quiero formar parte de él, pero entonces se abre el cielo entre las descargadas nubes y el sol vuelve a brillar calentando mi pálido y maltrecho rostro a través de la ventana que, honrosa de recibir tal distinción, concede complaciente el paso al imperio del sol.

La madre devuelve una sonrisa a su hijo transmitiéndole sosiego y paz, recordándole que pronto estarán juntos de nuevo, mientras mi llamada de socorro tiene respuesta al otro lado del profundo océano que me envía, con la fuerza de las olas, una voz sincera y amiga.

Y obtengo por fin las ansiadas vitaminas.

03/04/2009

La llamada de la selva.

Tuntún, tuntún, tuntún, tuntún…

¿Qué sonido es ese? Parece un latido. ¿Estoy sintiendo mi corazón? ¿Estarán llamando a la puerta? ¡Qué manía tiene el vecino con ponerse ha trabajar a las tantas de la madrugada! ¡Que la gente quiere dormir! ¿Estoy durmiendo? ¿Si estoy durmiendo, entonces esto es un sueño?

¡Don Rafael, claro!

El sonido que escuchaba mientras dormía es el del tambor de nuestro compa Rafael que ceremoniosamente lo hace sonar recordándonos que en la selva amazónica las comunidades se despiertan a las 4 de la madrugada para tomar la Guayusa y conversar. Es nuestra llamada a descubrir los entresijos de la selva de la mano del Yachact (hombre sabio en kichwa) y Chamán Don Rafael.

Si trabajas con las comunidades en la selva y tienes un asunto que tratar con ellos, la hora de compartirlo es a las 4 de la madrugada. Es su hora del té, donde los miembros de la comunidad planifican la jornada de trabajo y discuten sobre sus asuntos.

Don Rafael nos ha acogido en su comunidad y tras una apacible tarde conversando con él, donde nos transmite su pasión y amor por la vida y la Pachamama (madre naturaleza como le llaman los andinos), nos ha invitado a pasar la noche en su hospitalaria comunidad y a disfrutar de una agradable conversación con él mientras tomamos la Guayusa, el té del Amazonas, en la sagrada y somnolienta hora debida.

Él es el padre de todos los miembros de la pequeña comunidad Amazanga, cerca de la ciudad de El Puyo, capital de la Provincia de Pastaza, a las puertas del Oriente Ecuatoriano. Sus ancestros pertenecen a la etnia Shuar -nombrados despectivamente jíbaros por los conquistadores españoles, grandes guerreros celosos de su entorno que reducían las cabezas de sus enemigos para apoderarse de su poder y fuerza- y su mujer es de origen Kichwa. Ellos dos, junto a sus más de 12 hijos y sus más de 30 nietos conforman la totalidad de la comunidad.

Don Rafael, o Chunda Rumi como le nombraron sus ancestros, tiene 60 años y conversa con nosotros a la luz de un fuego, cobijado por el dulce cantar de la selva en la madrugada y ataviado con una corona de plumas de ave que le dan un aire místico a su curiosa mirada. Su complexión es pequeña y sus sufridos huesos se dejan entrever bajo el color canela de su curtida piel.

Mientras reparte unos cuencos de madera que recogen el preciado líquido que nos dará la energía suficiente para poder visitar la madre selva en la mañana, nos deleita compartiendo su sabiduría ancestral con nosotros.

El compa Rafita tiene sobre sus espaldas la responsabilidad de mantener y transmitir a sus hijos la sabiduría que sus ancestros han sabido trasladar a través de decenas de generaciones y que ahora se ve amenazado por la transformación de su entorno social y cultural y la absurda presión que la humanidad está ejerciendo sobre la selva. Una responsabilidad que ejerce con inalienable orgullo y con una tremenda solidaridad hacia la humanidad, puesto que lo que está haciendo, es proteger un patrimonio que nos pertenece a todas y todos los habitantes del planeta.

Su mayor anhelo es transferirnos su amor por la selva, y nos pide, como quién pide a un amigo que no le olvide al despedirse, que transmitamos este amor a nuestros amigos y conocidos.

Mientras haya una sola conciencia sobre el planeta que ame este pedazo de tierra, la esperanza no estará perdida.

Y prosigue con su lección.

La selva es una farmacia. La selva es una iglesia. La selva es una escuela, es una universidad. La selva es un supermercado. La selva es un pulmón que regala aire fresco a nuestro frágil planeta.

¡Cuanta razón tiene!

Nos cuenta con cierto tono burlón, que algunas plantas son su teléfono. Un teléfono que le permite hablar con la selva y con sus espíritus. Una herramienta que le permite comunicarse con sus ancestros, con los animales y las plantas para aprender de ellos y adquirir nuevos conocimientos. Un arma que le permite hablar con la anaconda o los monos, conocer su paradero y pedirles permiso para matarlos y dar de comer a su familia.

La simbiosis con el entorno es total.

En medio de una pausa para rellenar nuestras tazas y saborear de nuevo la rica Guayusa, comienza a narrar leyendas y mitos que nos sumergen en el misticismo de una selva que, auspiciando la escena, cuál cómplice de sus propósitos, nos embarga con su hipnotizador canto nocturno.

Dos horas han pasado como si de un suspiro se tratara, y la claridad del alba nos sorprende escurriéndose entre las lanzas, que enlazadas entre ellas han sido convertidas en las paredes de la choza y nos recuerdan orgullosas su pasado combativo. El techo de paja que, ahumado y sellado por el fuego, nos custodia del frío exterior mientras saboreamos un suculento desayuno.

Cuando acabamos de devorar Don Rafael, junto a uno de sus hijos, nos guían en la segunda parte de nuestra aventura. Hasta ahora, todo ha sido teoría. Llegó el momento de impregnarnos, a través de los seis sentidos, de la amada pachamama.

Durante casi cinco horas recorremos senderos, caminos y sendas que no lo son tanto, que nos tienden puentes de plata verde hasta lo que sin duda es un vergel de naturaleza sublime y sobrecogedora. No estamos en la profundidad de la selva, el bosque que atravesamos es secundario y puede reconocerse la huella del hombre, estamos a las puertas de la selva virgen y pese a todo, no encuentro palabras que describan las sensaciones que viví en aquella húmeda mañana de marzo.

Sólo sé que por siempre quedará sellado con fuego en mi corazón el profundo respeto y mi rendición incondicional ante la asombrosa superioridad que ejerce sobre mi la madre naturaleza en su máximo esplendor. Ni el extenso océano, ni la belleza de las montañas del pirineo que tanto han cautivado mi corazón, han sido capaces de superar hasta ahora la inescrutable potencia que la selva ha ejercido sobre mi.

Millones de colores, olores, sonidos, seres y emociones han sido encerrados en el jardín del Edén para mayor gloria de nuestro frágil planeta. y sentir tal poderío me deja insignificante y trivial ante tanta maravilla. Si esta belleza es tan excelsa, no quiero ni imaginarme cómo será la selva virgen, a salvo del impacto de la mano humana.

Cada uno de nosotros y nosotras debería experimentar al menos una vez en la vida el impacto de la selva sobre el corazón humano. Si así fuera su destino estaría a salvo.

Don Rafael no deja de mostrarnos y darnos a probar, con los cinco sentidos, cada una de las plantas que encuentra en el camino. Conoce más de 1500 plantas con sus respectivas propiedades medicinales. Lo pudimos descubrir con nuestros propios sentidos, con todos: hojas, cortezas, salvias, raíces, hongos, enredaderas, frutos… cientos de plantas con cientos de propiedades para curar, aliviar, proteger, soñar, viajar, telefonear y matar.

Me abruma con tanto conocimiento. Se auto-concede el título de licenciado en biología. ¡Pues claro!

No es de extrañar que las multinacionales, ávidas de nuevos recursos que engrosen sus bolsillos, estén metiendo sus zarpas en la selva explotando y patentando, o sea, robando los conocimientos y usos ancestrales que sobre las plantas y la selva tienen las comunidades indígenas. ¡Un conocimiento que es patrimonio mundial! Tampoco es de extrañar que Don Rafael sea pues, en una actitud comprensivamente defensiva, tan celoso de su conocimiento y tan sólo nos informe de algunas propiedades sin profundizar en procedimientos de elaboración o combinaciones de plantas para ciertas propiedades.

Sentencia que en 2050 el pueblo indígena del Amazonas y todo el conocimiento que durante miles de años se ha transmitido de generación en generación, habrá desaparecido.

Y como dijo el poeta, el verso cae al alma, como al pasto el rocío.

Los hijos de la selva marchan a la ciudad para estudiar, se empapan de "civilización" y "desarrollo" y se olvidan de su conocimiento ancestral. Las multinacionales que nosotros respaldamos con nuestra "suciedad de consumo", llevan el alcohol a las comunidades y dan trabajo a sus miembros, creando una dependencia que les obliga a olvidar el respeto por la madre selva.

La selva desaparece a pasos agigantados y el desarrollo social y económico que experimenta el país poco tiene en cuenta, o como mínimo insuficientemente, los saberes ancestrales de estas gentes.

Don Rafael ha sido perseguido y presionado, hasta límites insospechados demostrados por sus cicatrices, para que venda sus tierras que han de ser más productivas por el oro negro y el oro verde que contienen. Con maletines repletos de un dinero que en la selva no tiene valor -pues la humedad deteriora los billetes hasta comérselos- han pretendido comprar siglos de conocimiento y saberes ancestrales.

Sólo el valor y el respeto por sus ancestros, impide a Don Rafael vender su pasado y el futuro de su cosmovisión y descendientes.

¿Que futuro les espera entonces? ¿Durante cuanto tiempo sobrevivirán los "Don Rafael" que protejan y preserven nuestro patrimonio?

En nuestras manos está su futuro. ¿Seremos capaces de oír su llamada?

Tuntún, tuntún, tuntún, tuntún…

Mi primera emergencia. Episodio III, y último...

La cuenca del río por la que transcurre el camino es frondosa y verde, muy verde, de los verdes más bellos que he visto nunca, con perdón de asturianos y euskeldunos. El clima subtropical y la cierta altura que todavía se mantiene por estos lares dificulta el avance firme de mis pasos y el esfuerzo se deja notar gracias a las delatadoras respiraciones que exhalo de mis pulmones y que, una vez más, dejan en evidencia mi falta de forma física. Intento concentrarme y armonizar el ritmo de los pasos con las respiraciones para mejorar la oxigenación.

Mientras lucho por movilizar mi castigado cuerpo, un puente colgante hace mas pintoresco el ya de por sí bello paisaje. Al pasar el río el camino se yergue por las pendientes de la colina que intentamos alcanzar y el agua nos acompaña por pequeños riachuelos en medio del camino.

Poco a poco el creciente y pesado barro y las piedras desprendidas aumentan progresivamente la dificultad del nuestro avance sobre el terreno y, directamente proporcional, nuestra preocupación por la venturosa evacuación de la paciente.

Al cabo de unos metros de dura ascensión el camino desaparece. Un deslave de barro se ha llevado una curva del camino y aunque intentamos cruzarlo el barro me deja en la altura media ecuatoriana, hundido hasta las rodillas.

Dadas las circunstancias, ¿que sentido tiene que mi compañera y yo sigamos avanzando por un camino impracticable por el cual nos va a ser imposible trasladar a la paciente sin la ayuda de más compañeros? No sin cierta preocupación y resignación, decidimos volver al carro a esperar los refuerzos. Pero justo al dar media vuelta dos lugareños se cruzan en nuestro camino. La hija les explica la situación y ellos, como caídos del cielo, se ofrecen a ir a buscar a la paciente con dos motos de trial por un camino alternativo que habíamos descartado por el mayor rodeo que da, pese a que permanece en "mejores" condiciones.

Volvemos pues hasta el poblado en busca de los providenciales vehículos que permitirán a la hija ir en busca de su amada mamita. Antes de partir les recordamos la necesidad de no demorarse más allá de las cinco. Pasada esa hora y muy a nuestro pesar, debermos marcharnos sin ellos.

Mientras tanto restamos a la espera junto al conductor y el 4x4. Los ansiados refuerzos, ahora innecesarios, nunca llegarán.

La espera se hace interminable, el tiempo avanza inexorable y ya son las cinco de la tarde cuando decidimos alargar un poco el límite de tiempo de espera, que no será más de quince minutos. Nuestros compañeros en el albergue ya deben estar preocupados y más nos preocupa que nos caiga la noche en el viaje de regreso a sede central.

Mientras tanto intentamos hacer más llevadero el rato con interesantes diserciones de cómo arreglar el mundo, que por supuesto no llevan a ningún lugar más que al alivio -ficticio- que trae la distracción del pensamiento.

Es que tardan demasiado, ¿se habrán encontrado a la paciente en mal estado? ¿Tal vez la mujer no pueda ni levantarse para ir hasta la moto? ¿Y si no puede ni levantarse, cómo se va a aguantar encima de la moto? ¿Habrán tenido un accidente? En momentos así me es imposible no pensar en lo peor y aunque intento siempre ser positivo y luchar contra ellos, la batalla contra mis miedos se presenta inexorable en una guerra sin cuartel no siempre victoriosa.

Cuando el límite de tiempo ha expirado más de 20 minutos y el pavor por tener que marchar sin saber nada de la expedición cala en nuestro interior, un lejano ruido de motor nos hace saltar de júbilo.

A lo lejos, los dos motoristas aparecen acompañados por madre e hija. Rápidamente las subimos al vehículo de rescate. La señora nos explica que ha pasado una semana con fuertes dolores de vientre, diarrea, vómitos y fiebre, pero que desde hace un par de días ha empezado a mejorar y ahora se encuentra algo mejor aunque sigue muy debilitada. Tras comprobar que su estado es aceptable para el traslado y calmarla le informamos que la trasladaremos al centro de salud y que posteriormente podrá seguir la recuperación en casa de sus hijas. Inmediatamente nos disponemos a deshacer el camino recorrido

La tensión acumulada por tantas horas de incertidumbre ha explotado y una de las hijas se descompone al saber que su madre está a salvo. Con la mirada más comprensiva y tierna que puedo mostrar, recojo su mano para intentar transmitirle algo de tranquilidad y ternura que ella, recordando que ya ha pasado lo peor, me agradece con una sincera sonrisa entre sollozos que logra relajar sus nervios y mi preocupación.

Tras las sinuosas colinas el viento recorre su camino recojiendo aromas de maravillosos colores que, escurridizo como los juguetones colibrís, se introduce por la ventana trasladándome a un sentimiento de profunda satisfacción.

Tras dejar a mi familia y mis amigos en Barcelona, algunas fueron las vacilaciones que tuve sobre el sentido de mi estancia en el Ecuador. Muchas son las cosas que me perderé de la gente que más quiero: ver crecer a mis sobrinos y a mi ahijada, las reuniones familiares, la fiesta de jubilación de mi madre tras cuarenta años de portería, los días de destino improvisado descubriendo Catalunya, conversaciones interminables arreglando lo que no tiene arreglo, reencuentros con viejos amigos, los últimos años de mi abuelo y, sobre todas las cosas, no poder “estar” al lado de mi gente cuando más me necesite…

Sin embargo, tras este episodio, y otros muchos que seguro están por venir, las dudas sobre el sentido de mi estancia en el Ecuador se disipan definitivamente.

Este es el lugar donde quiero estar y el sentido que he estado anhelando durante mucho tiempo para mi vida. Un sentido que, aunque en parte había alcanzado hace ocho años cuando encontré parecido sentido en Barcelona, había seguido estirando irremediablemente de mi corazón, anhelando la satisfacción por "estar" allí donde pueda contribuir a mejorar la vida de los que más sufren las causas de nuestras desigualdades e injusticias.

Está claro que toda elección, todo camino, trae consigo los beneficios de su recorrido, pero ineludiblemente también, comporta la pérdida de los caminos descartados. ¿Libres somos, decís? ¿o somos esclavos de nuestras decisiones? ojalá puediera seguir siempre esclavizándome de decisiones como ésta.

Desconozco si la balanza compensa hacia un lado u otro, lo que sí sé es que la gente que me quiere y padece mi ausencia comprenderá el sentido de todo esto cuando me vea feliz y orgulloso de ver cumplidos mis sueños.

¿No es acaso lo que todos queremos?

Mi primera emergencia. Episodio II

Al mediodía, personal del gobierno llega con alimentación y utensilios para la cocina. Rápidamente descargamos los materiales y las mujeres inician las labores para acondicionar la cocina y preparar el esperado almuerzo. Rancho de arroz blanco con una cucharada de lentejas. Mi apetito lo devora como si de un manjar exquisito se tratara, por supuesto no dejo ni un grano de arroz, se me caería la cara de vergüenza en una situación así.

Una vez recargadas las energías, los compañeros de la sección juvenil se ponen manos a la obra. Reúnen a los más pequeños y se sacan de la manga a Epi, el pato Lucas y a Dumbo para explicar una brillante historia de cómo deben actuar los más peques ante una emergencia. ¿Quién mejor que Epi para enseñarles que deben buscar un adulto para que los ponga a salvo ante una situación de emergencia?

La profesionalidad y capacidad de improvisación de estos chavales me deja con la boca en las rodillas.

Tras un pequeño descanso tres chicas jóvenes se nos acercan temblorosas y suplicantes. Tienen a su madre enferma en una de las comunidades que han quedado incomunicadas y nos piden ayuda para su traslado al centro de salud. Ellas viven en otra población y la madre no tiene compañía alguna, su desesperación nos conmueve pero también las dudas nos embargan y aparecen momentos de incertidumbre y tensión.

Intentamos organizar el equipo de rescate mientras valoramos la conveniencia de invertir unos recursos limitados en una situación de la que desconocemos el alcance real de la emergencia por la falta de información fidedigna del estado de la señora y del acceso a la comunidad. A ello se une la difícil posibilidad de trasladar a una persona enferma, de la que desconocemos su capacidad para caminar y sin acceso hasta su vivienda ya que el camino de acceso ha sido cortado por un deslave a una media hora antes de llegar a la vivienda. Y hasta donde se llega el camino es desconocido y posiblemente impracticable para el vehículo de rescate. Añadimos a las dificultades la falta de una ambulancia para poder trasladar en condiciones a la paciente.

Finalmente, tras diversas consideraciones en busca de alternativas que resultan inviables y las súplicas desesperadas de las jóvenes hijas a las que no sabemos decir que no, nos subimos al 4x4 para dirigirnos hacia la vivienda de la madre mientras otros compañeros se dirigen al pueblo en busca de voluntarios que nos ayuden a trasladar a la señora de su vivienda hasta el vehículo.

Tras unos kilómetros de carretera el pickup inicia la ascensión hacia la comunidad por una pista forestal sólo apta para 4x4. Antes de llegar a los primeros deslaves que inundan el camino de un barro impracticable pero superado por la destreza de nuestro experimentado conductor, unos jóvenes distraen su apacible tarde con unos sets a voleibol como si las circunstancias que los rodean no fueran con ellos.

Al rato, un deslave en medio del camino nos deja, a un lado, un socavón que conduce directo al río que rebosa de agua unos cuantos metros más abajo, al otro, el barro acumulado obstaculiza el paso dejando tan solo un par de escasos metros para el paso del vehículo. El conductor se detiene para analizar el paso.

El tenaz silencio nos recuerda la tensión del momento cuando en un soplo de inspiración y sin derecho a consulta, el sagaz conductor nos lleva en un instante al otro lado del paso como si de un juego se tratara, no sin antes rectificar una pequeña patinada de las ruedas que nos deja definitivamente sin respiración. La risa y la euforia se desatan para disipar la histeria reflejada en nuestras caras.

Finalmente, tras veinte minutos más sorteando pasos imposibles, llegamos a un pequeño poblado de cuatro casas donde esta vez si, el paso es imposible. Debemos continuar caminando veinte minutos más para llegar hasta la vivienda de la madre. Nos echamos la mochila con el botiquín a la espalda y mi compañera y yo, junto a la hija que nos guía, avanzamos el camino mientras el conductor espera al retén de refuerzos para ayudarnos a trasladar a la señora. Debemos darnos prisa pues ya son las cuatro de la tarde y no podemos iniciar el regreso mas tarde de las cinco para evitar la oscuridad de la noche en un camino tan aventurado.