04/03/2009

Mi primera emergencia. Episodio I

En el plato la ración diaria de sopa, esta vez de gallina, y en el vaso un sabroso jugo de guanábana. Es viernes y como cada día entre semana, hacia las ocho de la tarde, ceno en un restaurante de la población donde resido.

En el televisor, la versión ecuatoriana del telediario informa de las fuertes lluvias que están cayendo en todo el país. Todas las carreteras que transitan entre la zona andina y la costa esta cortadas. La peor parte, como siempre se la llevan los más vulnerables. Decenas de derrumbes y corrimientos de tierra en todo el país han dejado sin casa a centenares de personas.

En ese momento conectan con una pequeña población, limítrofe con la frontera de la vecina Colombia. Mis sentidos se disparan y ponen toda su atención en el vetusto televisor. Es una de las poblaciones donde se desarrolla uno de los proyectos en que participo y tan solo hace quince días que visitamos la zona y conocimos a los beneficiarios. Gente humilde y emprendedora que intenta salir adelante gracias a los microcréditos que les proporcionamos.

Nuevos derrumbes han cortado la carretera, han dejado incomunicadas parte de la población y han arrancado de sus casas familias enteras que se han visto obligadas a dejar los escombros en los que se ha convertido lo que un dia fue su cobijo, para trasladarse a albergues de acogida. Inmediatamente me viene a la cabeza la solicitud que hicieron los compañeros de de la capital, pidiendo el vehículo del proyecto porque iban a realizar una visita al albergue de acojida para llevar ayuda humanitaria.

No me lo pienso dos veces. Agarro el teléfono y llamo a los compañeros para ofrecer mi ayuda como voluntario. Justo ese fin de semana coincidía con las fiestas del carnaval y el feriado duraba cuatro días (de sábado a martes). En mi mente tenia pensado aprovechar los días festivos para conocer a fondo Quito, pero hay un hecho irrefutable que sólo quién lo haya sentido comprenderá de lo que estoy hablando… y es que ser voluntario se lleva en la sangre…

A las siete de la mañana del día siguiente ya estaba en la capital de la provincia compartiendo con mis compañeros la planificación de la jornada. La misión es clara: Organizar el albergue, coordinar recursos con otras instituciones y ofrecer ayuda psicosocial a los damnificados.

El camino se presenta por lo pronto inusualmente fácil ya que el tráfico es infinitamente inferior al habitual y podemos avanzar rápidamente hacia nuestro destino. Pero a los pocos kilómetros de dejar la autovía Panamericana, los primeros resultados de las fuertes lluvias combinadas con la acción del hombre que ha deforestado los bosques y ha dejado en difícil equilibrio las lomas de Ecuador, se deja notar.

Primer deslave: un corrimiento ha dejado inutilizada parte de la calzada y debemos conducir con cuidado para esquivar las rocas desprendidas. A continuación el siguiente derrumbe, esta vez algo mayor, pero de barro. Una maquina trabaja con ímpetu en el despeje de la carretera. A los pocos kilómetros otro deslave, y otro, y otro más. Hacia los quince corrimientos de tierra mi cabeza deja de contar y se centra en el dantesco espectáculo de barro, rocas, agua y operarios trabajando incansablemente en la limpieza y acondicionamiento de la carretera. Allí por donde tan sólo hace quince días disfrutaba del paisaje con una sonrisa expectante en la cara, hoy es desesperación e impotencia.

Tras casi tres horas de continua malaventuram de tramos mordidos por el agua, el barro y las rocas y de humildes viviendas destrozadas por la potencia de la gravedad, llegamos al albergue de acogida.

Enseguida nos ponemos manos a la obra, tras una primera inspección y evaluación de la situación del albergue y de sus consternados habitantes que no dejan de mirar al cielo, temerosos de nuevas lluvias.

Los reunimos a todos bajo el techo de un cobertizo y las psicólogas de una asociación especializada en el trabajo con niños se dirigen a la quincena de familias intentando disminuir su nivel de ansiedad.

Las primeras consignas van dirigidas a hacer ver a los damnificados la necesidad de organizar el trabajo comunitario en el albergue, de ser solidarios con el resto de compañeros y compañeras y de intentar apaciguar el dolor viendo la parte positiva, incidiendo en el hecho que todos están sanos y salvos y no han habido heridos de gravedad ni muertes que lamentar.

Parece poco consuelo para quién lo ha perdido casi todo.

El segundo asunto es intentar convencerles de que, pese a que han tenido que dejar sus casas, sus pertenencias, los animales y los cultivos, no deben regresar hasta que se garantice la seguridad en sus comunidades afectadas.

No es fácil convencerles de que renuncien a lo poco que tienen. Sin embargo, insistiendo en que lo más valioso que pueden salvaguardar son su vidas y que antes que ellos están sus propios hijos, parece que empiezan a entrar en razón.

Tras las primeras reuniones de coordinación de recursos y organización de tareas, nuestra principal preocupación son los niños. Pero antes de que me de cuenta los compañeros de juventud ya los han llevado a un mundo de fantasía donde los juegos todo lo curan, aunque sea por unos instantes. Al principio recelan de nosotros, pero poco a poco se van desatando las vergüenzas y la decena de niños entre 5 y 9 años se dejan llevar por la magia que, muy profesionalmente, saben transmitir los compañeros y compañeras.

Mi curiosidad se enciende cuando los observo jugar a una especie de gato y ratón en corrillo que me traslada a épocas pretéritas cuando en el patio interior de mi colegio se oía esa melodía: ratón que te pilla el gato… ratón que te va a pillar… y claro, no me pude resistir.

Tenia que participar...