16/02/2009

Mi compañero de viaje

Luce sombrero, camisa y pantalones blancos bajo un ponche de lana gris que junto con su trenza alargada y algo canosa denota su condición de respetable en la comunidad Kichwa.

Sus ojos marrón oscuro dejan entrever los entresijos de su alma, profunda e inquieta, mientras de su boca salen palabras que afligen la mía por su aplomada sabiduría y su sencillez abrumadora. Cuando habla, el tiempo se detiene. Sus palabras son sencillas, espontáneas, sinceras y cálidas. Transmiten paz. Una paz que estremece al más grande de los sentidos, el corazón.

Pese a que la vida no le trató como debiera por su condición de indígena tuvo la suerte de estar entre los primeros 300 indígenas que accedieron a la educación reglada tras la concesión del gobierno ecuatoriano a la comunidad indígena a disfrutar del derecho a la educación, allá por los años 60.

Tras el colegio y el instituto, pudo estudiar en la universidad y se licenció en magisterio, filología Kichwa y antropología. Fue catedrático en ciencias sociales, director de un postgrado en liderazgo y ha coordinado proyectos de cooperación, desarrollo comunitario y salud además de tener tiempo para viajar por medio mundo, criar a cuatro hijos y ser un marido ejemplar.

Ha renunciado a mejores ofertas laborales, lejos de su casa, para estar al lado de su mujer ahora que sus hijos han volado de nido.

El destino nos ha puesto en el mismo camino, el mismo objetivo, el mismo proyecto. El mismo destino que hemos elegido es el que nos ha unido. Trabajar por las personas. Por aquellos que no tuvieron nuestras mismas oportunidades.

El pasado viernes, tras una larga jornada de trabajo compartida, todavía encontró tiempo para sentarse a mi lado y conversar. ¡Qué pocas veces he disfrutado tanto de una conversación!

Me introdujo en los primeros esbozos de la historia comunitaria y cómo ha influido en la forma de ser de estas sencillas gentes. También me explicó el grave problema al que se enfrentan los profesores que no han tenido la oportunidad de acceder a la alfabetización digital y cómo deben afrontar el hecho de que sus propios alumnos adolescentes les superan en conocimientos gracias al acceso que ellos tienen al conocimiento a través Internet.

Tras unos minutos de cruda realidad me transportó a su humilde visión del mundo y cómo, pese a sus 55 años, sigue ávido de nuevos aprendizajes y experiencias.

Y dice que tiene ganas de aprender también de mí.

¿Os podéis imaginar cuán afortunado me siento pudiendo trabajar a su lado?

07/02/2009

Primeras impresiones

Ecuador es un país acogedor, sus gentes son amables y la proximidad de la cultura y la lengua facilitan la adaptación a un país que va a ser mi casa durante al menos los próiximos doce meses...

El entorno de la sierra me resulta extrañamente próximo y cercano. Pese a que todo es nuevo y, visualmente, nada tiene similitud alguna con los pirineos -mis referencias más cercanas- la sierra andina me hace sentir en un entorno apacible y lleno de oportunidades de crecimiento.

Subido a la parte de atrás de la pick-up sobre la que recorremos los alrededores del pueblo en busca de las comunidades que se ocultan entre los bosques que rodean la falda del volcan que da nombre al mismo pueblo, el aire fresco de la sierra llena mis pulmones y ventila mi cara que, iluminada por un sol ardiente, exhibe un nuevo estatus lleno de ilusión y emoción como hacia tiempo que no sentía...

La mirada se pierde extrañamente en las profundidades del valle y un sentimiento apacible se introduce por todos los poros de la piel como si la magia del entorno quisiera recibirme a través de los sentidos. Y lo consigue...

Mientras tanto me sorprendo buscando puntos de referencia en las verdes montañas que nos rodean, en un afán de ubicarme en el entorno lo antes posible para poder moverme sin necesidad de acompañante... yo siempre tan inquieto en cuanto a la orientación, no soporto no saber donde estoy.

De vez en cuando se cruza en el polvoriento y pedregoso camino algún campesino que transporta el fruto del trabajo diario. Un trabajo que ha marcado su cara con profundos surcos de sacrificio y sufrimiento... nuestras miradas se cruzan en un instante buscando indicios que nos ofrezcan luz sobre nuestra procedencia e inquietudes. Imposible comprender en un instante la historia de vida de alguien a quien no conoces. Ni siqueira por la humildad de sus ropas, ni las curtidas manos que agarran con fuerza y orgullo el saco de hortalizas recogidas hoy.

Intuyes de su mirada profunda y desgarrada, la dureza del medio y la precariedad de su subsistencia, pero ni por asomo quiero imaginar lo poco que yo duraría en condiciones tan extremas. Un sentimiento de profundo respeto y admiración me embarga mientras dejo fluir el pensamiento hacia nuevos estímulos.

A la vera del camino se suceden una tras otra diferentes formas de vida vegetal de mil colores y formas imposibles, algunas resultan conocidas pero las muchas son nuevas para mi.

De entre la maleza aparece un pequeño ramal del camino que nos lleva hasta las puertas de una humilde casa que pertenece a una de las parteras que colabora en el proyecto. Mientras no enseña la "Casa de vida" que contruyó gracias a la colaboracion del proyecto nos recibe al mismo tiempo con un jugo de moras delicioso.

Me atrae especialmente el colorido de su traje tradicional. Una camisa blanca con volantes en el pecho, bordados en una serie de colores azules y dorados y una falda plisada que le cubre hasta los tobillos. En la cabeza un fular azul doblado y en imposible equilibrio que le cubre del fuerte sol. El cuello y las orejas vienen adornados con diferentes abalorios que ensalzan todavia mas la alegria de su rostro por recibirnos.

Mientras saboreamos el preciado jugo nos muestra el lugar donde atiende de manera altruista a las compañeras de la comunidad que van a traer a sus retoños. Un sencillo lecho trenzado en mimbre hace de cama mientras una pequeña chimenea calienta el reducido espacio... En una olla de barro nos muestra las diferentes hierbas aromaticas que utilizan para tranquilizar a la madre y prepararla para el parto.

Con el rostro altivo y orgulloso nos explica que durante el año pasado atendió a unas 23 parturientas de acuerdo a los ritos tradicionales y las costumbres de lo Kichwas de la sierra.

A la partida se despide del compañero al que yo voy a sustituir con un càlido abrazo y el rostro lleno de agradecimiento y amistad. Mientras le pide que no se olvide de ellos y se le humedecen sus negros ojos me pregunto si un dia, cuando yo tambien parta, habré sido capaz de ganarme su confianza y estimación.

Mientras volvemos al pueblo deshaciendo el camino hecho, me siento extraño de repente. Me vienen imágenes de los agradables momentos compartidos con la gente a la que quiero antes de partir de Barcelona y no puedo reprimir un setnimiento de añoranza y melancolía que expulsa de mis ojos la expresion de mi sentir.

Son tantas las cosas que dejo atrás y tantas las que quedan por venir...

Por primera vez en mucho tiempo me siento VIVO!