Es una tarde cualquiera en que el nervio de las montañas aledañas expulsan sobre nuestras cabezas la humedad acumulada convertida en el fatuo líquido y sufragan, hermanadas con el omnipotente sol, este inconmensurable verdor. De nuevo me reencuentro deambulando en busca de un punto de conexión que me transporte al mundo “real” desde donde acceder a cualquier información, cualquier conocimiento, cualquier ilusión, cualquier emoción.
Sin sol en la mitad del mundo me siento, otra vez, falto de vitaminas.
Al otro lado del charco te das cuenta de lo que significa tener cerca a los tuyos, de sentir que puedes estar al lado de los que te suministran, con su cariño y apoyo, las necesarias pero invisibles vitaminas que te ayudan a seguir en la brecha. Tras tanto tiempo usurpando esas etéreas vitaminas me olvidé de su necesario sorbo diario y para cuando caí en su desaparición ya era demasiado tarde. Así que, a la visita de que mi cuerpo y mi razón son escasamente autónomos para producirlas de manera independiente, tuve que ir a la caza desesperada de insulsas vitaminas virtuales.
Atracando pues, con el mono entre mis venas, en el puerto de conexión del primer Cíber que se puso por delante, posé mi orondo trasero sobre la insignificante y aprensiva banqueta que se escondía temerosa bajo la pantalla, ávido de noticias que revitalicen mi vínculo con la poderosa energía.
Pero ésta vez no obtuve las trascendentales vitaminas.
Cuatro e-mails sin chicha, de los que dos eran publicidad, y el resto, una terca y detestable invitación al grupo de “¿que personaje famoso eres?” y un innecesario comentario a una foto de alguien a quién no conozco. Así que con los nervios a “flier de pol“ y los “pelos como escarpias” por la ansiedad in crescendo, multiplico el clic sobre el icono de Skype, partiendo en busca de la saciadora droga de una voz amiga. Una llamada, no contestan, segunda, tampoco, tercera…
¡Pero bueno! ¿Es que no hay nadie? ¡Ahora me dirán que están todos trabajando! ¡Y yo voy y me lo creo! ¡Panda de vagos! –lo que hace la envidia–.
En medio de la desesperada búsqueda de mis ansiadas vitaminas un gimoteo silenciado perturba mi atención tras de mí. Cuando me giro poco a poco para no ser descubierto en mi curiosidad, puedo observar como una chica, que juzgo de mi edad, sostiene su cara con las manos sollozando ante del ordenador.
A través de los auriculares que sostienen su menuda cabeza, pero disimulada por una larga melena de un pelo largo, negro, brillante y sedoso, surge la exclamación rota de un pequeño niño –Mamitaaaaaa!–. Tal es el berrido que puedo entender perfectamente lo que dice.
La mujer tiende sus temblorosos dedos hacia la pantalla donde, a través de una videoconferencia, puede ver a su pequeño sostenido sobre el regazo de un joven que con ilusión saluda con la mano liberada del sostén del pequeñajo. Sus dedos acarician el frío monitor buscando el calor del amor distante. El niño insiste con sus alaridos ante la falta de respuesta provocada por la consternación de su madre.
– ¡Mamitaaaaaa! ¡Felicidaaaades! ¡Te quiero!
Con todo el esfuerzo que refleja su tez canela bañada en lágrimas, la madre responde como puede entre afligidos quejidos.
–¡Gracias amor, te extraño mucho!
Para entonces mis ojos ya acompañan a la madre en el dolor desgarrador de saberse alejado de aquello que más quiere en un momento tan especial. Es su cumpleaños y no está con los suyos.
Es fácil imaginar, aún consciente de la completa ignorancia de la verdad del momento, que es muy probable que el padre haya emigrado a cualquier país, pongamos por ejemplo España, y que haya llevado consigo a su hijo para darle una mejor educación y mayores oportunidades. Es fácil imaginar, aún a riesgo de juzgar precipitadamente, que debido a la dificultad en obtener papeles, la madre se haya visto obligada, por el profundo amor que tiene a su hijo, a renunciar a las vitaminas de su presencia enviando a su hijo a un país extraño.
Sabiéndome ávido de esas vitaminas, ¿cómo no va a sentirse una madre que tiene su vida y su corazón al otro lado del océano? ¿Cuántas noches de desgarrada soledad habrá llorado su ausencia, encarcelada por las míseras fronteras que protegen el bienestar de unos pocos en detrimento de todos? –Incluidos los pocos, aunque no quieran ver más allá de la “protección” de sus transparentes burbujas–.
No soy quién para juzgar las vidas de nadie –máxime cuando yo mismo he disfrutado de la misma “protección”–, ni pretendo situarme al otro lado cuando contribuyo a la existencia de esa burbuja con mi limitado coraje y mi mentecata inteligencia. Cada palo aguanta su vela, sabe lo que tiene y decide, en consecuencia o no, lo que quiere, puede o le dejan.
Si yo, que he tenido la inconmensurable suerte de poder decidir estar aquí (con mis circunstancias, haciendo lo que quiero, puedo o me dejan), feliz de saciar mi apetito de nuevas experiencias, empeñado en seguir luchando por cambiar un poquito de mí, empoderado del saber de buena tinta que cambiando mi interior cambiaré el mundo exterior. Si yo que estando aquí, no dejo de pensar allí… Cuánto más debe estar sufriendo esta joven madre que sólo Dios sabe cuánto tiempo hará que no envuelve con sus tiernos brazos a su añorado hijo.
Cómo deben estar sufriendo incalculable número de madres y padres africanos que ven, obligados por la injusticia de NUESTRO sistema, arriesgar las vidas de sus hijos e hijas por el fútil sueño de la rica Europa, cruzando el Mediterráneo en ataúdes de papel y que aún consiguiendo amarrar las sogas en la ansiada orilla, les aguarda la orfandad y el desamparo, cuando no la muerte, en la “avanzada” Europa.
Y como deben soportar tremendo escenario los que alcanzando la anhelada orilla, sobreviven en nuestras calles con las sobras del bienestar que nosotros, arrebujados de barata moralina, les concedemos en honor de nuestra dignidad humana más que por la suya.
A veces, como ahora, siento que este ya no es mi mundo o a lo peor que ya no quiero formar parte de él, pero entonces se abre el cielo entre las descargadas nubes y el sol vuelve a brillar calentando mi pálido y maltrecho rostro a través de la ventana que, honrosa de recibir tal distinción, concede complaciente el paso al imperio del sol.
La madre devuelve una sonrisa a su hijo transmitiéndole sosiego y paz, recordándole que pronto estarán juntos de nuevo, mientras mi llamada de socorro tiene respuesta al otro lado del profundo océano que me envía, con la fuerza de las olas, una voz sincera y amiga.
Y obtengo por fin las ansiadas vitaminas.
dragging the queen
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*...i mentre m'esforçava a que el passat em reconegués, vaig veure de cop en
el que m'havia convertit*
Fa 2 setmanes
3 comentaris:
Chapo!
t'envio una mica de vitamines i una gran abraçada transoceànica!
el teu blog també és una bona de dosi de vitamines per als qui et trobem a faltar!
McDa
tu si que nos das vitaminas con tus escritos, bueno al menos a mi, tus reflexiones son tan buenas como sinceras, que pena me dio no estar al otro lado el dia que lo necesitaste!!!
cris
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