La cuenca del río por la que transcurre el camino es frondosa y verde, muy verde, de los verdes más bellos que he visto nunca, con perdón de asturianos y euskeldunos. El clima subtropical y la cierta altura que todavía se mantiene por estos lares dificulta el avance firme de mis pasos y el esfuerzo se deja notar gracias a las delatadoras respiraciones que exhalo de mis pulmones y que, una vez más, dejan en evidencia mi falta de forma física. Intento concentrarme y armonizar el ritmo de los pasos con las respiraciones para mejorar la oxigenación.
Mientras lucho por movilizar mi castigado cuerpo, un puente colgante hace mas pintoresco el ya de por sí bello paisaje. Al pasar el río el camino se yergue por las pendientes de la colina que intentamos alcanzar y el agua nos acompaña por pequeños riachuelos en medio del camino.
Poco a poco el creciente y pesado barro y las piedras desprendidas aumentan progresivamente la dificultad del nuestro avance sobre el terreno y, directamente proporcional, nuestra preocupación por la venturosa evacuación de la paciente.
Al cabo de unos metros de dura ascensión el camino desaparece. Un deslave de barro se ha llevado una curva del camino y aunque intentamos cruzarlo el barro me deja en la altura media ecuatoriana, hundido hasta las rodillas.
Dadas las circunstancias, ¿que sentido tiene que mi compañera y yo sigamos avanzando por un camino impracticable por el cual nos va a ser imposible trasladar a la paciente sin la ayuda de más compañeros? No sin cierta preocupación y resignación, decidimos volver al carro a esperar los refuerzos. Pero justo al dar media vuelta dos lugareños se cruzan en nuestro camino. La hija les explica la situación y ellos, como caídos del cielo, se ofrecen a ir a buscar a la paciente con dos motos de trial por un camino alternativo que habíamos descartado por el mayor rodeo que da, pese a que permanece en "mejores" condiciones.
Volvemos pues hasta el poblado en busca de los providenciales vehículos que permitirán a la hija ir en busca de su amada mamita. Antes de partir les recordamos la necesidad de no demorarse más allá de las cinco. Pasada esa hora y muy a nuestro pesar, debermos marcharnos sin ellos.
Mientras tanto restamos a la espera junto al conductor y el 4x4. Los ansiados refuerzos, ahora innecesarios, nunca llegarán.
La espera se hace interminable, el tiempo avanza inexorable y ya son las cinco de la tarde cuando decidimos alargar un poco el límite de tiempo de espera, que no será más de quince minutos. Nuestros compañeros en el albergue ya deben estar preocupados y más nos preocupa que nos caiga la noche en el viaje de regreso a sede central.
Mientras tanto intentamos hacer más llevadero el rato con interesantes diserciones de cómo arreglar el mundo, que por supuesto no llevan a ningún lugar más que al alivio -ficticio- que trae la distracción del pensamiento.
Es que tardan demasiado, ¿se habrán encontrado a la paciente en mal estado? ¿Tal vez la mujer no pueda ni levantarse para ir hasta la moto? ¿Y si no puede ni levantarse, cómo se va a aguantar encima de la moto? ¿Habrán tenido un accidente? En momentos así me es imposible no pensar en lo peor y aunque intento siempre ser positivo y luchar contra ellos, la batalla contra mis miedos se presenta inexorable en una guerra sin cuartel no siempre victoriosa.
Cuando el límite de tiempo ha expirado más de 20 minutos y el pavor por tener que marchar sin saber nada de la expedición cala en nuestro interior, un lejano ruido de motor nos hace saltar de júbilo.
A lo lejos, los dos motoristas aparecen acompañados por madre e hija. Rápidamente las subimos al vehículo de rescate. La señora nos explica que ha pasado una semana con fuertes dolores de vientre, diarrea, vómitos y fiebre, pero que desde hace un par de días ha empezado a mejorar y ahora se encuentra algo mejor aunque sigue muy debilitada. Tras comprobar que su estado es aceptable para el traslado y calmarla le informamos que la trasladaremos al centro de salud y que posteriormente podrá seguir la recuperación en casa de sus hijas. Inmediatamente nos disponemos a deshacer el camino recorrido
La tensión acumulada por tantas horas de incertidumbre ha explotado y una de las hijas se descompone al saber que su madre está a salvo. Con la mirada más comprensiva y tierna que puedo mostrar, recojo su mano para intentar transmitirle algo de tranquilidad y ternura que ella, recordando que ya ha pasado lo peor, me agradece con una sincera sonrisa entre sollozos que logra relajar sus nervios y mi preocupación.
Tras las sinuosas colinas el viento recorre su camino recojiendo aromas de maravillosos colores que, escurridizo como los juguetones colibrís, se introduce por la ventana trasladándome a un sentimiento de profunda satisfacción.
Tras dejar a mi familia y mis amigos en Barcelona, algunas fueron las vacilaciones que tuve sobre el sentido de mi estancia en el Ecuador. Muchas son las cosas que me perderé de la gente que más quiero: ver crecer a mis sobrinos y a mi ahijada, las reuniones familiares, la fiesta de jubilación de mi madre tras cuarenta años de portería, los días de destino improvisado descubriendo Catalunya, conversaciones interminables arreglando lo que no tiene arreglo, reencuentros con viejos amigos, los últimos años de mi abuelo y, sobre todas las cosas, no poder “estar” al lado de mi gente cuando más me necesite…
Sin embargo, tras este episodio, y otros muchos que seguro están por venir, las dudas sobre el sentido de mi estancia en el Ecuador se disipan definitivamente.
Este es el lugar donde quiero estar y el sentido que he estado anhelando durante mucho tiempo para mi vida. Un sentido que, aunque en parte había alcanzado hace ocho años cuando encontré parecido sentido en Barcelona, había seguido estirando irremediablemente de mi corazón, anhelando la satisfacción por "estar" allí donde pueda contribuir a mejorar la vida de los que más sufren las causas de nuestras desigualdades e injusticias.
Está claro que toda elección, todo camino, trae consigo los beneficios de su recorrido, pero ineludiblemente también, comporta la pérdida de los caminos descartados. ¿Libres somos, decís? ¿o somos esclavos de nuestras decisiones? ojalá puediera seguir siempre esclavizándome de decisiones como ésta.
Desconozco si la balanza compensa hacia un lado u otro, lo que sí sé es que la gente que me quiere y padece mi ausencia comprenderá el sentido de todo esto cuando me vea feliz y orgulloso de ver cumplidos mis sueños.
¿No es acaso lo que todos queremos?
5 comentaris:
Que diferente es todo cuando hay necesidades...como en un mismo mundo pasan cosas tan dispares...y hay personas q no hacen nada y otras q se implican de una manera u otra, yo no me quise ir nunca, te entiendo perfectamente...haz lo que te dicte tu corazon. Muchos besos y sigue escribiendo para transmitirnos tus grandes dias!!
Libres de nuestros silencios, y esclavos de nuestras palabras, cuidado. Muy bueno el apunte de dejar a los ecuatorianos a la altura del barro, je je àcido màs bien dirìa yo,espero que no lean tu blog si tienes que convivir con ellos. Por nosotros no te preocupes disfrutamos de tu coche, ordenador, piso..etc. Si necesitas màs tiempo lo comprenderemos. Que te diviertas.
preifero ser dueño de mi silencio que no libre... al igual que sigo siendo dueño de todas las cosas que disfrutáis, así que no os mostréis tan comprensivos a ver si voy a tener que ser esclavo de mis palabras...
Jijiji! Jo com que estava fora he llegit els dos del tirón ^^
Però si, serviries de quionista de series de culte d'aquestes americanes que et deixen amb tota l'emoció al final del capitol... Massa tele has vist tu!
Res, que ja tinc ganes de venir a visitar aquest pais del que tant parles... Ves fent lloc!!!
Un petó!
por fin he podido leer el ultimo capitulo, muy buena idea lo de anyadir fotos!!! menudas experiencias estas viviendo y lo mejor de todo, muchisimas gracias por compartirlas,
un abrazo, Cris
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