03/04/2009

La llamada de la selva.

Tuntún, tuntún, tuntún, tuntún…

¿Qué sonido es ese? Parece un latido. ¿Estoy sintiendo mi corazón? ¿Estarán llamando a la puerta? ¡Qué manía tiene el vecino con ponerse ha trabajar a las tantas de la madrugada! ¡Que la gente quiere dormir! ¿Estoy durmiendo? ¿Si estoy durmiendo, entonces esto es un sueño?

¡Don Rafael, claro!

El sonido que escuchaba mientras dormía es el del tambor de nuestro compa Rafael que ceremoniosamente lo hace sonar recordándonos que en la selva amazónica las comunidades se despiertan a las 4 de la madrugada para tomar la Guayusa y conversar. Es nuestra llamada a descubrir los entresijos de la selva de la mano del Yachact (hombre sabio en kichwa) y Chamán Don Rafael.

Si trabajas con las comunidades en la selva y tienes un asunto que tratar con ellos, la hora de compartirlo es a las 4 de la madrugada. Es su hora del té, donde los miembros de la comunidad planifican la jornada de trabajo y discuten sobre sus asuntos.

Don Rafael nos ha acogido en su comunidad y tras una apacible tarde conversando con él, donde nos transmite su pasión y amor por la vida y la Pachamama (madre naturaleza como le llaman los andinos), nos ha invitado a pasar la noche en su hospitalaria comunidad y a disfrutar de una agradable conversación con él mientras tomamos la Guayusa, el té del Amazonas, en la sagrada y somnolienta hora debida.

Él es el padre de todos los miembros de la pequeña comunidad Amazanga, cerca de la ciudad de El Puyo, capital de la Provincia de Pastaza, a las puertas del Oriente Ecuatoriano. Sus ancestros pertenecen a la etnia Shuar -nombrados despectivamente jíbaros por los conquistadores españoles, grandes guerreros celosos de su entorno que reducían las cabezas de sus enemigos para apoderarse de su poder y fuerza- y su mujer es de origen Kichwa. Ellos dos, junto a sus más de 12 hijos y sus más de 30 nietos conforman la totalidad de la comunidad.

Don Rafael, o Chunda Rumi como le nombraron sus ancestros, tiene 60 años y conversa con nosotros a la luz de un fuego, cobijado por el dulce cantar de la selva en la madrugada y ataviado con una corona de plumas de ave que le dan un aire místico a su curiosa mirada. Su complexión es pequeña y sus sufridos huesos se dejan entrever bajo el color canela de su curtida piel.

Mientras reparte unos cuencos de madera que recogen el preciado líquido que nos dará la energía suficiente para poder visitar la madre selva en la mañana, nos deleita compartiendo su sabiduría ancestral con nosotros.

El compa Rafita tiene sobre sus espaldas la responsabilidad de mantener y transmitir a sus hijos la sabiduría que sus ancestros han sabido trasladar a través de decenas de generaciones y que ahora se ve amenazado por la transformación de su entorno social y cultural y la absurda presión que la humanidad está ejerciendo sobre la selva. Una responsabilidad que ejerce con inalienable orgullo y con una tremenda solidaridad hacia la humanidad, puesto que lo que está haciendo, es proteger un patrimonio que nos pertenece a todas y todos los habitantes del planeta.

Su mayor anhelo es transferirnos su amor por la selva, y nos pide, como quién pide a un amigo que no le olvide al despedirse, que transmitamos este amor a nuestros amigos y conocidos.

Mientras haya una sola conciencia sobre el planeta que ame este pedazo de tierra, la esperanza no estará perdida.

Y prosigue con su lección.

La selva es una farmacia. La selva es una iglesia. La selva es una escuela, es una universidad. La selva es un supermercado. La selva es un pulmón que regala aire fresco a nuestro frágil planeta.

¡Cuanta razón tiene!

Nos cuenta con cierto tono burlón, que algunas plantas son su teléfono. Un teléfono que le permite hablar con la selva y con sus espíritus. Una herramienta que le permite comunicarse con sus ancestros, con los animales y las plantas para aprender de ellos y adquirir nuevos conocimientos. Un arma que le permite hablar con la anaconda o los monos, conocer su paradero y pedirles permiso para matarlos y dar de comer a su familia.

La simbiosis con el entorno es total.

En medio de una pausa para rellenar nuestras tazas y saborear de nuevo la rica Guayusa, comienza a narrar leyendas y mitos que nos sumergen en el misticismo de una selva que, auspiciando la escena, cuál cómplice de sus propósitos, nos embarga con su hipnotizador canto nocturno.

Dos horas han pasado como si de un suspiro se tratara, y la claridad del alba nos sorprende escurriéndose entre las lanzas, que enlazadas entre ellas han sido convertidas en las paredes de la choza y nos recuerdan orgullosas su pasado combativo. El techo de paja que, ahumado y sellado por el fuego, nos custodia del frío exterior mientras saboreamos un suculento desayuno.

Cuando acabamos de devorar Don Rafael, junto a uno de sus hijos, nos guían en la segunda parte de nuestra aventura. Hasta ahora, todo ha sido teoría. Llegó el momento de impregnarnos, a través de los seis sentidos, de la amada pachamama.

Durante casi cinco horas recorremos senderos, caminos y sendas que no lo son tanto, que nos tienden puentes de plata verde hasta lo que sin duda es un vergel de naturaleza sublime y sobrecogedora. No estamos en la profundidad de la selva, el bosque que atravesamos es secundario y puede reconocerse la huella del hombre, estamos a las puertas de la selva virgen y pese a todo, no encuentro palabras que describan las sensaciones que viví en aquella húmeda mañana de marzo.

Sólo sé que por siempre quedará sellado con fuego en mi corazón el profundo respeto y mi rendición incondicional ante la asombrosa superioridad que ejerce sobre mi la madre naturaleza en su máximo esplendor. Ni el extenso océano, ni la belleza de las montañas del pirineo que tanto han cautivado mi corazón, han sido capaces de superar hasta ahora la inescrutable potencia que la selva ha ejercido sobre mi.

Millones de colores, olores, sonidos, seres y emociones han sido encerrados en el jardín del Edén para mayor gloria de nuestro frágil planeta. y sentir tal poderío me deja insignificante y trivial ante tanta maravilla. Si esta belleza es tan excelsa, no quiero ni imaginarme cómo será la selva virgen, a salvo del impacto de la mano humana.

Cada uno de nosotros y nosotras debería experimentar al menos una vez en la vida el impacto de la selva sobre el corazón humano. Si así fuera su destino estaría a salvo.

Don Rafael no deja de mostrarnos y darnos a probar, con los cinco sentidos, cada una de las plantas que encuentra en el camino. Conoce más de 1500 plantas con sus respectivas propiedades medicinales. Lo pudimos descubrir con nuestros propios sentidos, con todos: hojas, cortezas, salvias, raíces, hongos, enredaderas, frutos… cientos de plantas con cientos de propiedades para curar, aliviar, proteger, soñar, viajar, telefonear y matar.

Me abruma con tanto conocimiento. Se auto-concede el título de licenciado en biología. ¡Pues claro!

No es de extrañar que las multinacionales, ávidas de nuevos recursos que engrosen sus bolsillos, estén metiendo sus zarpas en la selva explotando y patentando, o sea, robando los conocimientos y usos ancestrales que sobre las plantas y la selva tienen las comunidades indígenas. ¡Un conocimiento que es patrimonio mundial! Tampoco es de extrañar que Don Rafael sea pues, en una actitud comprensivamente defensiva, tan celoso de su conocimiento y tan sólo nos informe de algunas propiedades sin profundizar en procedimientos de elaboración o combinaciones de plantas para ciertas propiedades.

Sentencia que en 2050 el pueblo indígena del Amazonas y todo el conocimiento que durante miles de años se ha transmitido de generación en generación, habrá desaparecido.

Y como dijo el poeta, el verso cae al alma, como al pasto el rocío.

Los hijos de la selva marchan a la ciudad para estudiar, se empapan de "civilización" y "desarrollo" y se olvidan de su conocimiento ancestral. Las multinacionales que nosotros respaldamos con nuestra "suciedad de consumo", llevan el alcohol a las comunidades y dan trabajo a sus miembros, creando una dependencia que les obliga a olvidar el respeto por la madre selva.

La selva desaparece a pasos agigantados y el desarrollo social y económico que experimenta el país poco tiene en cuenta, o como mínimo insuficientemente, los saberes ancestrales de estas gentes.

Don Rafael ha sido perseguido y presionado, hasta límites insospechados demostrados por sus cicatrices, para que venda sus tierras que han de ser más productivas por el oro negro y el oro verde que contienen. Con maletines repletos de un dinero que en la selva no tiene valor -pues la humedad deteriora los billetes hasta comérselos- han pretendido comprar siglos de conocimiento y saberes ancestrales.

Sólo el valor y el respeto por sus ancestros, impide a Don Rafael vender su pasado y el futuro de su cosmovisión y descendientes.

¿Que futuro les espera entonces? ¿Durante cuanto tiempo sobrevivirán los "Don Rafael" que protejan y preserven nuestro patrimonio?

En nuestras manos está su futuro. ¿Seremos capaces de oír su llamada?

Tuntún, tuntún, tuntún, tuntún…

5 comentaris:

brutus ha dit...

como anillo al dedo, estoy viendo un documental que va desde la selva a cotopaxi, anacondas sapos venenosos, hormigas chungas, para que lo vea la mama antes de que vaya a verte, je je. Muy bueno poner el femenino antes del masculino(todo un detalle),ahhhhhhhh! vamos a tener otro sobrino hablando de femeninos. Un besote gordote.

Pati ha dit...

Como mola...a ver si se le pega algo a la Pili...besos!!! P.d: Sigue escribiendo...

Anònim ha dit...

Edu, he estado esperando para tener tiempo de leerme tu relato con calma, ha sido un viaje genial, como me gustaria esta ahi!!! aunque gracias a tus escritos me traslado alle contigo desde esta estresada ciudad, thank you once more!!!
Cris

gordo ha dit...

Hola sr Ayaguasca acabem de sortir de la selva i estem esperant el bus a puyo; mirant mirant info de amazanga em trobat el teu "calidoscopi" quina casualitat!!! la teva descripció es tal qual jo no ho hauria dit millor!!!


tsungui i jullu....saps qui som??

pd: animat a anar al Sangay!!!!

gordo ha dit...
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